Cuando
era pequeña pensaba que el amor era lo que veía
en las películas de Disney o lo que escuchaba en los cuentos que me leían.
Que solo tenía que esperar a mi príncipe
azul. A medida que he ido creciendo me he dado cuenta que el amor ni se espera
ni se busca, el amor surge, donde y cuando sea, porque el amor está presente en
todas las cosas. En el “buenos días
o buenas noches”, un whats app al despertar diciéndote alguna frase cariñosa
del tipo “buenos días, princesa” o “ya
va siendo hora de despertarse, dormilona” que demuestra que nada más
abrir los ojos se ha acordado de ti, en ir andando por la calle y no poder
evitar agarrarse de la mano, o del brazo, o de la cintura o que te pase una mano
por los hombros, en que no puedas evitar sonreír
cada vez que escuchas su nombre, en echarlo de menos cuando solo hace un segundo
que no lo ves, en confiar en él cuando sale de fiesta con sus amigos, en que me
acompañe a casa, en que tu plan más esperado para la tarde sea ver
una peli acurrucados en el sofá, en que el tiempo pase más deprisa cuando estás
con él, en que te tiemblen las rodillas cuando se acerca, en que te dé un
vuelco al corazón cuando te bese, en que sientas mariposas en el estómago al pensar
en él, en que cuando mire a una chica guapa te guiñe
un ojo diciendo que él te prefiere a ti,
en los abrazos que hacen que te sientas protegida o en los que te consuelan
cuando estás mal, en las horas y horas hablando y en que a veces no haga falta
decir nada, en que “para siempre” deje de parecer mucho tiempo, en que te
sientas cómoda con él,
sin miedos ni complejos, en que los silencios no sean incómodos,
en que las miradas sean sinceras, en que no exista miedo a decir “te
quiero”…
Ahora
ya no quiero un príncipe, solo quiero encontrar un
buen chico con el que estas cosas salgan sin pensar, y que me quiera tal y como
soy…





